martes, 2 de septiembre de 2008

El deber de ser Madre

En las distintas sociedades existe una serie de reglas implícitas en cuanto a la actuación que cada individuo debe desempeñar en su papel ante la sociedad, reglas derivadas, fundamentalmente, en función de la anatomía de cada individuo. Es aquí donde surge la división de géneros basada en arquetipos que se encuentran prendidos tanto al inconciente individual como al colectivo.
Este ensayo retoma la hipótesis de que tanto la feminidad como la masculinidad son productos culturales y, como todos los productos culturales, los géneros en que se clasifican responden a nociones arbitrarias y convencionales que pueden ser cambiadas si así lo decide la sociedad. Dado lo basto del tema se abordaran sólo algunos de los modelos estereotípicos más arraigados en el caso del sexo femenino y para ello puede servir de ejemplo un testimonio tomado de la revista Mujer y Sociedad, citado en el libro El gusano y la fruta de la escritora y antropóloga Milagros Palma:
En el Piura para que la mujer pueda parir debe vaciar la caja de madera en donde tiene sus joyas y pertenencias más apreciadas. Si con esto el parto no se acelera, ella reparte flores, dulces o pan entre los niños de la comunidad. Si el proceso sigue siendo lento.
Como bien señala la citada autora, en este breve testimonio podemos observar cómo de manera muy sutil se hace alusión a una renuncia a la riqueza por parte de la mujer, simbolizada en el acto de deshacerse de sus joyas y pertenencias más preciadas, renuncia simbolizada a su vez como necesaria para alcanzar un bien que se simboliza a su vez como mayor o más deseable que los bienes materiales, la maternidad. Y de las renuncias se pasa a las ofrendas, aunque también la renuncia es una forma de ofrenda, y estos dos elementos, renuncia y ofrenda, hacen pensar en la necesidad de expiación de una culpa, culpa que radica en el goce sexual de la mujer, goce que debió haber tenido en el momento de engendrar al hijo que está a punto de dar a luz, su sufrimiento en el parto y las renuncias y tributos que tiene que realizar son parte del precio a pagar por aquel goce indebido, admisible sólo en el varón.
Y es que en la mujer está bien vista la función reproductiva en cuanto a perpetuación de la especie pero no en cuanto al placer sexual que ésta puede encerrar; y así, se ensalza la maternidad mientras se censura el goce sexual relegando el papel de las mujeres al de incubadoras que sólo alcanzan su plena realización cuando pueden cumplir esta función que la sociedad les ha imputado y que para muchas llega a constituir la única o, al menos, la más fuerte razón de su existir.
La maternidad se convierte pues, el destino ineludible de toda mujer si es que ésta en realidad quiere ser apreciada como tal ante la sociedad. Porque después de que la infancia ha quedado atrás, una mujer que no ha sido madre es una mujer inacabada, inconclusa, porque no ha cumplido con la función primordial de su existencia que es la maternidad. Maternidad que lleva implícita en sí misma otro de los más grandes ¿atributos? otorgados a las mujeres en prácticamente todas las sociedades, su capacidad de auto sacrificio, de renuncia, de sufrimiento.
Quién por ejemplo en nuestro país no ha escuchado hablar de “la sufrida madre Peruana” que constituye casi casi un emblema nacional del que todos (y todas) debemos sentir un gran orgullo. O quién en nuestro país no ha observado el excesivo tributo que se rinde a la maternidad, que redime a la mujer prácticamente de cualquier culpa, no sólo de la culpa original, sino de cualquier otra, se puede ser prostituta, asaltante o asesina, no importa, porque si se es madre se está por encima de cualquier otra que no lo sea, no importa si esa otra es doctora, literata o Premio Nóbel de la Paz. Las madres tienen un lugar especial dentro de nuestra sociedad, no importa que clase de madres sean, lo importante es que lo sean.
La maternidad constituye además de todo el que sea tal vez el único medio eficaz para domesticar a la mujer y garantizar la prevalecencia del poder masculino. Si las mujeres no se encontraran de alguna manera “forzadas” por la sociedad y sus reglas tácitas a cumplir con una función biológica –además de cargar con las implicaciones sociales que esta encierra– que debería ser más bien opcional, seguramente muchas de ellas dedicarían gran parte de sus vidas a cultivar un desarrollo personal y profesional que sin duda las situaría en una posición más igualitaria en cuanto a campos de poder respecto de los hombres.
Lamentablemente por ahora parece estar lejano el día en que la sociedad, dirigida en su mayor parte por hombres, se atreva a ver los beneficios reales que tendría el dejar de explotar y someter a la mujer en base a sus características biológicas y se decida a llevar a cabo una desmitificación de la maternidad. Por ahora las mujeres que han decidido dedicar sus vidas a cosas distintas a la maternidad seguirán siendo consideradas como mujeres incompletas. No importa cuántos premios o reconocimientos internacionales pueda tener en su casa una mujer, si en esa casa no hay también un hijo, difícilmente dejará de ser vista por lo demás con un dejo de conmiseración porque no ha conocido “la dicha más grande de una mujer” que es, ser madre.

Gabriela Fernández Ingaroca

1 comentario:

SOLEDAD dijo...

Pienso que las reflexiones relativas al don de ser madre no pueden estar alejadas de sentimientos sublimes y palabras de una connotación sentimental, al menos es lo que me imagino ante ese título. No imagino un tratado científico de la palabra madre y de su incomparable y profunda significación, porque ello sería caer en el vacío, sería estar simplemente jugando con las palabras. Creo, que el rol de la madre es indescriptible, cero que todo ser humano varón o mujer huele a leche siempre “ por decir lo arraigado de su esencia” y es impensable no caer de rodillas, guardar silencio o inclinar cualquier hito de rebeldía ante una mujer que ya es madre. Las consideraciones sociales tienen como no el peldaño más alto para quien por virtud o no sé yo haga gala de la mencionada maternidad. ¡ Claro que sí !

Datos personales